Los caprichos de la suerte

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Sin duda el visitante no tenía tipo muy satisfactorio para un hotel de lujo y la señorita del teléfono del hotel vacilaba en dejarle subir, suponiendo quizá que podía tratarse de un sablista. Evans contestó que le dejaran pasar y Pagani subió a su cuarto.

El pobre hombre parecía que había empeorado de situación y cambiado de género de comercio. Ese día iba con una caja de cartón en bandolera, colgada por un bramante, y llevaba en ella jabones y chucherías. Evans pensó que tenía un aire más derrotado que la última vez que le había visto. Era probable que en la feria de Clignancourt, entre tantos trastos viejos y deshechos, pareciera Pagani menos destrozado, con su camisa zurcida y sus botas deformadas, que en el fondo del cuarto del hotel que tenía un papel de color de rosa y un aire un poco viejo y coquetón, muy propio para servir de fondo a la figura de un señor francés de esos condecorados, o de una señora parisiense perfilada y expresiva.






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