Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Yo no deseaba más que ver a Pagani —les dijo el inglés—. Quería venir a saludarle.
—¿Es usted amigo suyo?
—Sí, le conozco hace tiempo y ayer le vieron unos conocidos míos españoles.
—Aquí le tenemos como de la familia.
—Sí, es simpático, buena persona.
—¿Es usted español? —preguntó entonces la encargada.
—No, soy inglés, pero conozco muy bien España.
—Yo tengo muy buenos recuerdos de algunos españoles que he conocido.
Iba ya a marcharse, dando por fallido el propósito de hallar algo con que ocupar su tiempo libre, cuando la señora del despacho preguntó:
—¿Quiere usted dejar su dirección?
—Muy bien, con mucho gusto la dejaré.
Escribió Evans en una tarjeta las señas de su casa, saludó a la madre y a la hija, y se fue.
Cuatro o cinco días después el buen Pagani se presentó en el hotel del bulevar Saint Germain, donde vivía Evans.
—Aquí pregunta por usted un hombre de mal aspecto —le dijo un criado.
—¿Quién es?
—Es un señor Pagani. Parece un vendedor de chucherías. Si quiere usted, le diré que no está.