Los caprichos de la suerte

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La calle de los Solitarios tenía dos o tres vías transversales, entre ellas la de Palestina, con una iglesia moderna de aire bizantino. Era una calleja más triste, que en época normal podía ser una calle corriente, pero que con la amenaza de la guerra parecía muy sombría.

Carlos Evans, huroneando por el barrio, tardó poco en dar con el hotel de que Escalante le había hablado y entró en él con intención de preguntar por Pagani.

Pasó a un despacho con escritorio y vio que en el fondo de este, y comunicado por una ventana, había un saloncillo muy elegante y confortable, con una chimenea de mármol, un espejo encima, un reloj, unos candelabros y en las paredes varios cuadros.

Le pareció el saloncito casi demasiado lujoso para un hotel de aire tan modesto y tan alejado del centro.

Llevaría unos minutos en aquel escritorio sin ver a nadie, cuando apareció la encargada. Una señora de aspecto aristocrático y de tipo muy fino, que desentonaba en aquel ambiente pobretón y mediocre. Había entrado seguida por una muchachita que debía ser su hija. Evans habló con ellas, tratando de informarse sobre la persona y el asunto que allí le llevaba. Le dijeron que Pagani había salido, y respecto a la imagen gótica, caso de que fuese a verla, se había vendido ya hacía un par de semanas.


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