Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte A Evans esas variaciones de ambiente y de modo de vivir le habían siempre gustado. El cambio daría un poco de animación a una existencia que siempre se le antojaba excesivamente monótona. A cualquier otro le habrían inquietado las pequeñas dificultades; a él, no solo no le molestaban, sino que le encantaban, porque lo mismo se adaptaba a vivir bien, que a vivir mal, hasta con cierta sordidez.
Al guardar su ropa en los baúles, se reservó un traje modesto que encontraba más a tono con el ambiente en que iba a vivir durante unas semanas.
En el hotel del centro pensaron, cuando anunció su desaparición por algún tiempo, que se trataba de maniobras diplomáticas que, naturalmente, no podía revelar.
Al día siguiente de haber estado Pagani en el hotel, Evans tomó el Metro en la estación de la Estrella, bajó en la plaza de las Fiestas, en Belleville, y se dirigió al Hotel del Cisne, en la calle de los Solitarios.
Se fijó bien. El hotel no tenía un aire ni muy trágico, ni muy destartalado, pero sí una tristeza fría, vulgar, casi más desagradable que la francamente vetusta y ruinosa.