Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte La fachada era de ladrillo de aire modernista, en el gusto de a principios de siglo, con un color de naranja agrisado por el tiempo. Las ventanas simétricas y cuadradas, y unos miradores muy feos, que quizás se había pretendido hacer cómodos, y que parecían pilas de baño.
Tenía el aire de un hotel aparatoso de hace treinta años de una capital de provincias. Era como la representación más acabada de la vida corriente, monótona y sin emociones. Representaba la mezquindad de todos los días, que no llega a tomar caracteres dramáticos, pero que tampoco por eso deja de ser menos triste y lamentable.
En la entrada del hotel, se encontró Evans con un tipo bajo y regordete, de cabeza grande, con el pelo crespo, fosco, bigote erizado, de mal humor, la mirada brillante, mandil blanco, peto y un plumero en la mano.
Le saludó al entrar y el hombre del plumero contestó al saludo con acento extranjero:
—¡Bon jour, mosieu!
Preguntó entonces por Pagani y el interpelado le dijo que podía subir al último piso.
—¿Hay ascensor?
—Sí.
Subió Evans en el ascensor, cuya lentitud indicaba su ancianidad, y al llegar al último piso vio que en el rellano le esperaba Pagani.