Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Una vez fuera del ascensor, después de dar la mano al que esperaba, vio Evans que no bastaba haber subido hasta aquella planta, sino que, para llegar al cuarto de Pagani, había que escalar a pie otro tramo de escalones para llegar a las buhardillas donde tenía Pagani su refugio.
El cuarto de su amigo, si bien estaba alto, no era malo. Era pequeño, pero limpio, pintado de gris y estaba bien arreglado. Tenía una cama diván, una mesa, una butaca, un armario y un lavabo, todo muy apropiado a las dimensiones de la habitación. En el sitio principal se veía un retrato al óleo de Madame Latour, con la fecha en el borde: 1923. El retrato revelaba una mujer muy elegante y muy distinguida. Se comprendía que el pobre Pagani estuviera entusiasmado con ella, lo que a poco de oírle hablar se notaba.
Pagani enseñó a su visitante algunas cosas curiosas que tenía: unos cuadritos que, a primera vista, parecían buenos, algunos libros, varias estanterías y dibujos, todos ellos de asuntos muy macabros.
—Veo que tiene usted cierta afición por lo lúgubre —le dijo Evans.
—Sí, un poco.
Desde la ventana de la buhardilla, que se abría sobre un tejado de zinc, se divisaba un extenso panorama de torres, casas y tejados, y se descubrían los árboles del parque de las Buttes Chaumont.