Los caprichos de la suerte

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Al parecer la administradora del hotel, Madame Latour, daba gratis aquella buhardillita a Pagani, para que viviese en ella sin preocuparse de pagar el alquiler, a cambio de algunos servicios que él le prestaba. ¿Qué servicios eran esos?, no llegó a decirlo, pero como Madame Latour era al parecer muy industriosa y tenía varias especialidades, aquellos servicios debían ser varios y diversos. Dijo Pagani que la habitación ocupada por él correspondía a Madame Latour y que había vivido en ella con su marido en otro tiempo. Entonces el marido y el hijo de Madame Latour trabajaban en una fábrica de Pantin y dormían en ella.

—¿Quién es ese tipo que estaba a la puerta? —le preguntó Evans a Pagani.

—¿Un mozo ya viejo con el bigote erizado?

—Sí.

—Es Pietro. Es italiano. Lleva veinte años en París y cada vez habla el francés peor.

Por lo que dijo Pagani cuando se extendió en detalles, el hombre del plumero había salido de Italia hacía muchos años, obligado a dejar su país por haber intervenido en cuestiones obreras. Sin duda era socialista o comunista, pero desde que estaba en Francia el desterrado había dejado de ocuparse de política y vivía con toda modestia muy oscuramente.


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