Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Pagani habló también de los vecinos de aquel último piso del hotel. Por el momento lo ocupaban dos pensionistas, pared por medio de su cuarto, uno por la derecha y otro por la izquierda. Afortunadamente, dijo, se iban a marchar pronto, porque ambos eran, como vecinos, gente molesta. El uno se acostaba tarde, andaba por el cuarto teniendo y dando grandes zancadas, y al último tiraba las botas al suelo y poco después comenzaba a roncar estrepitosamente. El otro, en cambio, se levantaba a las cuatro o las cinco de la mañana y empezaba inmediatamente a arrastrar una caja en la que debía guardar las muestras de sus géneros. La llevaba de un lado para otro, produciendo un ruido y unos chirridos verdaderamente insoportables. Entre uno y otro a Pagani no le dejaban dormir.
—¡Los mataría! —decía el pobre hombre.
Había también en aquel último piso del hotel una dama rubia, polaca, vestida casi siempre con trajes de color de rosa. Era, según afirmación de Pagani, una cabeza destornillada, pero, como mujer, muy simpática. En algunas ocasiones, esta mujer desaparecía y se estaba un tiempo, más o menos largo, sin volver al hotel. Cuando volvía, tenía semanas de comer bien y de andar en auto, nadando en la prosperidad, pero luego le llegaba la negra y entonces se pasaba la vida en la cama alimentándose con café con leche.