Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte LA ENCARGADA DEL HOTEL
—¿ES LA HORA DE COMER? —preguntó Evans.
—No, deben [de] ser la una y diez todavÃa. Esperaremos cinco minutos —dijo Pagani.
Pagani los aprovechó para hablar de Madame Latour, la encargada del hotel, por la que sentÃa un gran entusiasmo. Según él, se trataba de una mujer muy buena y además lista, inteligente y sagaz.
—Es un conjunto de buenas condiciones —dijo Evans sonriendo.
—Es verdad. No se rÃa usted.
—¡No me rÃo!
—No creo yo que la mayorÃa de las mujeres listas sean más malas que las buenas.
—Yo tampoco. De todo tiene que haber.
—Pues yo, las que he conocido, si eran buenas resultaban un poco pánfilas y si eran listas, un poco serpentinas.
—Asà pues, ¿Madame Latour no tiene nada de serpentina?
—Nada. No tiene ninguna mala intención. Ahora, si es necesario, sabe ser muy lagarta y muy maliciosa. Entiende como pocas personas la aguja de marear. Se dirÃa un lince. Si se fija usted, verá que en este hotel, en los cuartos, no hay número trece, lo ha escamoteado. De ese modo evita la preocupación de los supersticiosos.
