Los caprichos de la suerte

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IX

MADAME LATOUR Y SU HIJA

LLEGARON AL SALONCILLO de la entrada, que era muy elegante. Tenía una chimenea y sobre el tablero de mármol un reloj antiguo de porcelana de Sèvres, con figuritas de color y dos candelabros dorados. En medio una mesa, varias sillas y en las paredes dos aparadores con platos antiguos y varias estampas del siglo XVIII.

Aquella sala servía de comedor a la familia. Tenía una ventana que daba a un patio bastante espacioso, por donde entraba la luz, y dos puertas, una grande, al pasillo de entrada, y otra pequeña, que comunicaba con el salón y despacho del hotel. Este salón, pintado de amarillo oscuro, mostraba dos teléfonos, el escritorio, el casillero con las llaves y las cartas, con sus números respectivos, en correspondencia con las habitaciones.

No era fácil de comprender de dónde habría sacado Madame Latour los muebles y los cuadros de aquel salón que parecían de una casa elegante, mucho más que de un hotel de burguesía pobre.

Evans, al entrar allí, saludó a Madame Latour y a su hija con afabilidad, y le dijo a la madre, después del saludo:

—Tiene usted un salón casi de un palacio.

—Sí, no está mal para nuestra posición.


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