Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte MADAME LATOUR Y SU HIJA
LLEGARON AL SALONCILLO de la entrada, que era muy elegante. TenÃa una chimenea y sobre el tablero de mármol un reloj antiguo de porcelana de Sèvres, con figuritas de color y dos candelabros dorados. En medio una mesa, varias sillas y en las paredes dos aparadores con platos antiguos y varias estampas del siglo XVIII.
Aquella sala servÃa de comedor a la familia. TenÃa una ventana que daba a un patio bastante espacioso, por donde entraba la luz, y dos puertas, una grande, al pasillo de entrada, y otra pequeña, que comunicaba con el salón y despacho del hotel. Este salón, pintado de amarillo oscuro, mostraba dos teléfonos, el escritorio, el casillero con las llaves y las cartas, con sus números respectivos, en correspondencia con las habitaciones.
No era fácil de comprender de dónde habrÃa sacado Madame Latour los muebles y los cuadros de aquel salón que parecÃan de una casa elegante, mucho más que de un hotel de burguesÃa pobre.
Evans, al entrar allÃ, saludó a Madame Latour y a su hija con afabilidad, y le dijo a la madre, después del saludo:
—Tiene usted un salón casi de un palacio.
—SÃ, no está mal para nuestra posición.
