Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—¿Dónde están —preguntaba— las reuniones de los desterrados en las que reinaba la ayuda mutua y la amable camaradería? Todo eso es pura filfa. Aquí no hay más que soledad, lluvia y tristeza.

—Tiene usted razón —decía Julia.

—No sé si se nos puede llamar a nosotros desterrados, exiliados o proscritos —añadió Elorrio.

—Lo más exacto sería llamarnos turistas de ínfima categoría.

—Es verdad —decía Julia, mientras veía consumirse el cigarrillo que sujetaba entre los dedos—, aquí cada cual se atiene a la ley de su egoísmo y no piensa en el prójimo, como no sea para darle contra una esquina.

—La fraternidad —dijo Escalante— se ha convertido en una carrera de competidores, como los chiquillos a quienes se les ofrece repartirles una caja de dulces. Calculan que, cuantos menos sean, tocarán a más.

—Por eso no se comprende la admiración que el perro siente por el hombre —añadió Elorrio—. Se ve que no le conoce. Si le conociera, no le admiraría. En vez de acercarse él, echaría a correr, espantado, apenas le viese.

—¡Qué ideas más feas! —dijo Gloria.

—Sí, pero ¡qué se va hacer! El hombre es malo, cruel y cobarde. Es la única verdad que tienen las ideas reaccionarias —añadió Elorrio.


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