Los caprichos de la suerte

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—A ti te gusta decirlo —indicó Gloria de mal humor.

—Fiarse de la caballerosidad y de la palabra de las gentes en estos tiempos es una locura. Por eso, el que puede vivir solo, no sabe lo que tiene —añadió Abel.

—¿Cree usted que se puede vivir solo? —preguntó Gloria en un tono que descubría que ella ya se había dado la respuesta.

—Yo creo que sí —dijo Abel—, aunque no sea posible a la mayoría, únicamente a gentes excepcionales. Estas mismas padecen, en medio de una sociedad regida por la costumbre. Recuerdo haber leído, atribuido a un autor inglés, el dicho de que esos caracteres anormales comenzaban por deprimirse, luego se tornaban melancólicos, después enfermaban y al fin acababan por morir. Por esa razón Shelley no pudo vivir en Inglaterra. Se asfixiaba.

—Se suele ver —indicó Julia— que todos los hombres que tienen algún valor viven abandonados y sin que nadie les apoye. En general, los tontos, no se sabe por qué, encuentran más protección de un hombre o de una mujer. Sin duda el tonto resulta una persona más confortable.

—Es que la tontería es algo que tiene su mérito —apuntó Gloria.


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