Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Por todas partes se oía este canto con un ritmo pesado y triste:

A las puertas de Madrid,

lo primero que se ve

son milicianos de pega

sentados en el café.

En la casa de huéspedes del Puente de Vallecas se encontró Elorrio con un cómico de la legua, bastante malo en su profesión, quien dijo llamarse Emilio Muñoz. Era este su nombre verdadero, no tenía motivos para ocultarlo y podía afrontar sin disfraces ni prevenciones las incidencias del momento y aun las del futuro, porque no había tomado parte en política.

La única habilidad clara de Muñoz era tocar medianamente la guitarra y cantar con poca voz, pero con cierta gracia.

Un día Elorrio discutió con Muñoz, como si se tratara de un caprichoso deporte, el tema de las facilidades de la caracterización, afirmando el primero que no comprendía cómo la gente no se disfrazaba para despistar a sus enemigos, en lugar de presentarse a ellos a cara descubierta.

—No crea usted —dijo el cómico de la legua— que eso de cambiarse de tipo sea tan fácil. Sobre todo la cara y la actitud para el que conoce a una persona.


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