Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Al periodista le tuvo que sorprender bastante aquella declaración. Le chocaba oÃrla expuesta por un especialista de la farándula que algo tenÃa que saber de esas cuestiones.
—SÃ, yo creo —también dijo Elorrio— que a un hombre que se haya visto con frecuencia no le pueden engañar, porque eso no pasa más que en las novelas de Ponson du Terrail en donde en uno de los tomos de Rocambole hay un tipo que, al entrar bajo un puente de Londres, se frota la cara con un lÃquido, y al salir, se le pone cara de negro con el pelo ensortijado y todo.
El cómico se rió. Elorrio trataba de aclarar la cuestión porque le convenÃa.
—De todas maneras pienso que a un hombre a quien se le vea con barba y sin anteojos y que luego se le encuentre afeitado y con anteojos, no será fácil reconocerlo.
El cómico se afirmaba en su opinión, no daba su brazo a torcer e insistÃa:
—No, no —afirmaba Muñoz—. Siempre es muy difÃcil, por mucha maña que se tenga para la caracterización, el cambiar de tipo de cara y de movimientos y el despistar a los amigos y conocidos.
Elorrio no quiso discutir demasiado.
Se decÃa en el barrio que tanto en el Puente de Vallecas como en la villa del mismo nombre habÃa muchos comunistas y muchos emboscados.