Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Unos dÃas más tarde, Abel recibió una invitación para cenar en un restaurante de la calle de la Trémoille, extensiva al comandante Evans, a Elorrio, a Julia y a Gloria. Fueron allá los cinco.
Goldmann se presentó con los dos militares antihitlerianos y un español comunista, llegado con ellos desde AndalucÃa. Era gente pintoresca y divertida. La reunión resultó muy amena y la comida, excelente.
Elorrio les preguntó si no habÃan escrito algo sobre lo que habÃan visto.
—No, yo no he escrito nada —dijo Goldmann.
—¿Para qué? —repuso Schatten—. La literatura y la historia no nos interesan, no están a nuestro alcance.
Tampoco los otros habÃan sentido esa preocupación de guardar la menor nota de lo que vieron o escucharon. Pero, para satisfacer la atención de sus comensales, recordaron lo pasado por si algo les pareciese interesante o curioso.
Entonces Goldmann contó algo ocurrido en un pueblo de AndalucÃa, donde se habÃan presentado varios autobuses llenos de gente armada. Apenas detenidos en la plaza del pueblo, llamaron al alcalde:
—¿Qué quieren ustedes? —les preguntó este.
—Tenemos que fusilar a ciento veinticinco personas del pueblo.