Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Pero… ¿por qué? —dijo la autoridad, espantada.
—Es la orden que tenemos.
El alcalde les dijo que todos los fascistas de la localidad habían escapado, pero como los milicianos se consideraban en la obligación de cumplir su mandato, fusilaron para no quedar mal a cuatro o cinco personas.
—Pero si no eran fascistas —les dijeron después—, ¿por qué los habéis fusilado?
—No, no eran fascistas, pero después de los fascistas eran los peores.
La mayoría de las gentes de los pueblos, según estos militares mercenarios, no tenían ideas políticas, sino agravios personales que vengar, y algunos se contagiaban con ese impulso satánico y sanguinario. Siempre se había vivido así en aquellos pueblos, en medio de las rivalidades de las dos o tres familias importantes. Alrededor de ellas, en tiempo normal, se habían acogido las gentes tímidas que buscaban un poco de tranquilidad y de protección.