Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Después venía el pueblo de braceros, que no significaba nada. Toda la vieja estructura social habían pretendido deshacerla los revolucionarios, pero, como no sabían hacerlo ni tenían ningún proyecto que valiera la pena, daban palos de ciego y atacaban como un toro furioso a todo lo que tenían por delante, sin ir a comprobar entre los enemigos quiénes eran peligrosos y quiénes no, quiénes buenas personas, quiénes eran chanchulleros o intrigantes.
A veces aparecían en los pueblos hombres que venían de otras partes, donde habían asesinado a varias personas, y contaban sus hazañas jactándose de ellas.
Recordaba el coronel Goldmann haber oído el caso de un procurador que había querido comprar en subasta, por diez mil duros, una finca que valía más de cincuenta mil. El propietario de ella, avisado de que le querían desposeer de su propiedad con una maniobra turbia, encontró alguien que, aunque probablemente con un interés monstruoso, le entregó el dinero para libertar su finca. Y entonces el procurador se consideró ofendido, entró en el partido revolucionario y fue uno de los jefes, y denunció al dueño de la finca como fascista e hizo que le prendieran y le fusilaran.