Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte la perla del contrabando!
Tal vez en los primeros revolucionarios hubiese un ideal y fuesen gentes que deseaban de buena fe un mundo mejor, pero los que después lucharon no pasaban de ser una caterva de arribistas y de ladrones. Así fue raro que en el momento final supieran tener un gesto gallardo. La mayoría abjuraban de su pasado, rezaban y hasta comulgaban. Se dio el caso de un malagueño, un tal Francisco Millán, que, después de haber firmado más de cinco mil sentencias de muerte y después de haber cometido las mayores barbaridades e injusticias, con la disculpa de que el pueblo lo quería, lloraba y gemía cuando fue apresado besando los pies y las manos de todo el que iba a verle y dando vivas a Cristo Rey. De la muerte de estas gentes, pensaba Elorrio, a la del «Empecinado», había bastante diferencia.
Otro señor contó lo que había visto en la revolución de Barcelona. Era al principio del movimiento. Había salido de su casa donde estaba en peligro y marchaba a la de su madre, que vivía cerca de un cuartel. El cuartel estaba defendido por militares. Lo atacaban fuerzas del gobierno republicano y gente del pueblo, la mayoría anarquistas.