Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Yo tampoco —repitió Escalante.
—PolÃcrates era un tirano griego de Samos, de cinco siglos antes de Jesucristo, que habÃa gozado durante más de cuarenta años de una prosperidad absurda. Temiendo que esta suerte tan larga y tan completa no fuera el preludio de una desgracia, sacó de su dedo un anillo de oro con una esmeralda magnÃfica que estimaba mucho y lo tiró desde el alto de una torre al mar. Era una ofrenda a una divinidad, a la diosa Fortuna.
—¿Y esto le dio resultado?
—No, no le dio resultado, porque la diosa Fortuna, muy caprichosa, no aceptó este sacrificio e hizo que el anillo se lo tragara un pez, y este pez se lo sirvieran a la mesa a PolÃcrates quien, al ver de nuevo el anillo, se echó a temblar. Poco después los éxitos militares de PolÃcrates cesaron y en la guerra que tuvo contra el rey de Persia, DarÃo, las tropas de este, al mando de Orestes, hicieron prisionero a PolÃcrates, lo crucificaron y allà murió.
—La mala sangre es muy general en el mundo —dijo Escalante— y cuando es interesada, todavÃa se puede perdonar, pero muchas veces no es interesada, es puramente gratuita.
—Voltaire escribió este epigrama sobre su crÃtico Fréron, que le atacaba constantemente sin ninguna justicia:
L´autre jour, au fond d’un vallon,