Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte La mujer del oculto iba desde el pueblo con distintos pretextos, y para el cambio de ropa ella misma llevaba la muda sobre el cuerpo. Al acabar la guerra, el hombre encerrado, sediento de venganza, salió del pueblo donde había estado oculto, adquirió un fusil y se fue a su aldea. Al entrar allí, a todos los que veía, enemigos o indígenas, les pegaba. Al ver a su mujer le preguntó dónde estaba el hombre que le había perseguido, y ella le dijo que se contaba que hacía tiempo estaba o se había marchado a Alcázar de San Juan. Entonces enganchó un mulo a una tartana y fue a buscar a su enemigo. Allí lo encontró, lo cogió, le puso una cadena al cuello y lo ató a la parte trasera de la tartana. Hizo trotar y galopar al caballo. El hombre se caía, le arrastraba la tartana, y ya desmayado lo llevó a su pueblo, lo encerró en una cueva y lo primero que hizo fue pegarle una paliza hasta dejarlo medio muerto. Aun con aquello, no se sentía satisfecho. Al día siguiente, viéndolo vivo, a puñetazos y a bocados lo mató.
El narrador parecía contar aquellas salvajadas con orgullo, pero los que le escuchaban en el restaurante de la avenida de los Campos Elíseos creían estar oyendo narrar un episodio de la Edad de Piedra. Gloria y Julia y los demás que asistieron a la comida salieron un tanto disgustados de lo que habían oído.