Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Al atardecer se pararon en el camino y sometieron al preso a un interrogatorio, que este prolongó todo lo que pudo, y después decidieron llevarlo en la camioneta a Alcázar de San Juan, donde había un comité revolucionario. Había anochecido, iban hacia Alcázar cuando de pronto el preso se levantó, dio un salto y se tiró a la carretera. Fue tan rápido el hecho que, aunque el chófer tardó poco en parar y los milicianos dispararon sobre el fugitivo, escapó entre los viñedos y no lo encontraron. Anduvo vagando tres o cuatro días. El hombre, fatigado, no sabía qué hacer: si volver al pueblo o esperar a ver si daba con alguien que le ocultase. Cerca del pueblo se metió en un pozo para beber y descansar. En esto, un viejo, que sin duda había salido a dar un paseo, se sentó en el brocal del pozo. El escondido le llamó y le contó lo que le pasaba. El viejo le indicó:
—Te buscan. Si te encuentran, te matarán. Están mirando con gemelos desde la torre de la iglesia todos los alrededores del pueblo. Debes marcharte enseguida.
El antiguo cacique esperó a la noche, salió del pozo y arrastrándose y ocultándose cuando veía alguna sombra, llegó a una aldea donde vivía un pariente suyo. Esta aldea se hallaba a seis o siete leguas de su pueblo. El pariente, que era de la situación, le tuvo escondido toda la guerra en un desván.