Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Un día pasearon, él se informó de cómo marchaban sus asuntos y ella le dijo que no conseguía salir de una existencia mísera, ya que si veía todas las posibilidades cerradas, tomaría una noche un tubo de veronal. Le contó a Elorrio que aquella situación habría podido ser algo distinta, si hubiera aceptado una invitación del azar. Por las mañanas y por las tardes, al salir de su pensión, solía encontrarse con un señor joven y elegante que la paraba y la invitaba a cenar. Pero ella, a pesar de estar necesitada, no aceptaba.

La tienda donde trabajaba era un Instituto de Belleza. Un día, al llegar al Instituto, recibió un sobre con treinta mil francos. Supuso que eran de aquel señor que la detenía en la calle quien se los había mandado. Al día siguiente lo encontró, la invitó a cenar, como siempre, y ella aceptó.

Fueron a un restaurante elegante de la avenida de los Campos Elíseos. El señor se mostró sumamente amable, se le veía que estaba confiado en su victoria. Pero cuando estuvieron en la mesa, ella le dijo:

—Tome usted su dinero.

—Pero no, guárdeselo usted.

—No, no quiero engañarle a usted. Tampoco quiero venderme.

—Pero, si yo no quiero más, sino que usted no pase apuros.

—No, no me parece bien; tome usted su dinero.


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