Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte El señor se mostró un poco preocupado y, al final de la cena, le dijo:
—Ya veo que es usted una mujer terca y voluntariosa. Le voy a hacer una proposición, a ver si le agrada.
—Veamos la proposición.
—¿Usted, definitivamente, no quiere ese dinero?
—No.
—Pues bien, yo soy un hombre que tiene habitualmente mucha suerte. Vamos a jugar ese dinero. Si gano, como gano casi siempre, lo que gane se lo daré a usted.
—Bueno, hagamos la prueba.
Fueron a casa del señor, porque tenÃa que recoger algo que no dijo lo que era, antes de acudir a la casa de juego. Salió de su despacho con una pata de cierva. Al parecer era hombre supersticioso.
Llegaron a la casa de juego, que estaba en el extrarradio de ParÃs, y el señor comenzó a jugar el dinero que la española habÃa rechazado. En pocos pases aquellos miles de francos fueron a poder del banquero. Cuando se separaron, después de comprender el señor que era inútil insistir para que ella aceptase su ayuda, tan solo cogió un billete para pagar el taxi que le llevó a su pensión.
A partir de ese dÃa, cuantas veces el señor se cruzaba con aquella mujer, se quitaba el sombrero con mucho respeto.