Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Elorrio, que conocía varias mujeres que hubiesen obrado de distinto modo, admiraba a su compatriota por su heroica resistencia, por su denodada lucha contra la adversidad, pero no la aplaudía. Hubiera comprendido más lógico verla obrar de otro modo. Por su parte, reconocía que en nuestra época no había aventura individual posible. Todo el mundo estaba identificado, fichado. No se podía pasar de un país a otro, no se podía cambiar de oficio. Todo estaba reglamentado y era pobre y mediocre.

En las mujeres había, indudablemente, más posibilidades. Pero la aventura de la mujer, en general, siempre tenía algo de prostitución y carecía de lo fortuito.

Para Elorrio, la gracia de la aventura estaba en vencer el medio. Sometido el medio, ya no había aventuras. El gran aventurero era el que dominaba la situación. La aventura americana no le seducía, pero al último tendría que aceptarla. La cuestión estaba, según él, en batirse con lo que se puede llegar a dominar; batirse con lo invencible, no es batirse, es entregarse; si no hay una posibilidad de éxito, no vale la pena el esfuerzo.

Luchar con un florete contra el que maneja un arma igual, está bien, pero luchar con un florete contra el que emplea una ametralladora, es una insensatez.


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