Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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El escritor español no tenía simpatía por el hombre corriente y menos por el de la ciudad. Al del campo lo miraba con más simpatía. Cuando veía alguna de aquellas parejas de gran ciudad, fuertes, sensuales, que se atracaban y bebían copiosamente, le daban una impresión un poco desagradable.

En las ciudades, lo que más le intranquilizaba y menos le gustaba eran los bancos. Todos esos artificios y esos juegos que se realizaban con el dinero estaban hechos, evidentemente, para engañar a los que no tenían muchas condiciones para contar y medir.

En las mujeres que trataba, hallaba muchas que se ponían en la actitud de decir:

—No me interesa nada de lo que pasa al uno ni al otro.

Sí, es natural —pensaba él—. Pero tampoco la vida de uno es tan entretenida y tan agradable para meterse de lleno en las tristezas de los demás, como si fueran propias. Era pedir demasiado. Cada uno lleva al hombro el fardo de sus desgracias, y ya es bastante. Lo más que se puede hacer es no exhibirlas o, de exponerlas, darles un pequeño aire irónico que sirva de entretenimiento.

El gran soberano del mundo era el egoísmo.


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