Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Había muchas clases de amistad, pocas que no tuviesen algún interés egoísta encubierto, más o menos inconsciente. No era fácil creer que hubiera un sentimiento humano que no tuviese su fondo de utilidad.
Dos viejos marinos, dos viejos comerciantes, dos viejos profesores, se encuentran en la calle o en una plaza de una ciudad, y pasean y hablan juntos. No se ha pedido uno a otro, desde que se conocen, ni el más pequeño favor. Parece que su amistad es perfectamente desinteresada, pero no lo es. ¿A quién iba a contar cada uno de ellos sus preocupaciones sino al de su oficio? ¿De quién iba a poder escuchar una observación justa y clara sobre sus trabajos o sobre su vida sino de su colega?
Si el interés se puede advertir en la amistad del viejo, ¿qué no será en la del joven? Hay amistades cálidas entre los jóvenes y hay amistades frías y razonadoras. Las amistades cálidas casi siempre terminan en riñas y muchas veces en odios. Elorrio, según él, nunca había tenido esas amistades ecuatoriales. Había vivido sentimentalmente en la zona templada, quizá más cerca del Polo que del Ecuador. A mucha gente esto le parecía una traición, pero un traición ¿a qué?, ¿a quién?