Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Supongo que sÃ, porque además en Francia todo habla de amor, todas las canciones se refieren al amor.
—Es verdad, siempre el amor —dijo ella.
—Asà que, cuando llegue el momento, hay que suponer que estará usted a la altura de la situación.
—¿Y el momento vendrá? —preguntó ella.
—SÃ, yo creo que sÃ, Dorina… «Un jour viendra…
—…mon prince» —añadió ella.
—¿Por qué «mon prince»? —preguntó Evans.
—Es una canción que dice asÃ.
—Pues yo no sabÃa más que de un perfume que tenÃa ese tÃtulo y que se empleaba hace veinte o treinta años.
—¿Y aquà en su hotel hay chicos jóvenes? —preguntó Evans a la muchacha.
—Ninguno. Es el carácter de la casa. Eso creo que dicen los sabios que es sÃntoma de decadencia.
Los dos viejos se echaron a reÃr.
—Por lo menos es un mal lugar para tener novios —indicó Evans.
—Pero si Dorina se marcha al Canadá, como parece, el primer novio que tenga, lo tendrá allà —manifestó Pagani.
—Y se dirigirá a ella en inglés —continuó Evans.