Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —¡Ah, es verdad!
—También hay aquà cerca otra calle con un nombre que debe ser español: Miguel Hidalgo.
—SÃ, es el nombre de un cura que se sublevó en México.
—Por aquà he visto calles con nombres que parecen españoles: Orfila, Bidasoa, FuenterrabÃa, Montenegro.
—Veo que se fija usted mucho.
—Dorina es una chica lista, aunque muy maliciosa —dijo Pagani convencido. El hombre tenÃa no menos entusiasmo por la hija que por la madre. Le gustaba bromear con la muchacha para dar motivo a sus réplicas, siempre vivas e ingeniosas.
Un mozo pasó cerca del grupo que formaban los dos hombres y la muchacha, y a esta la saludó al pasar con un aire muy insistente y expresivo.
—Ese joven, ¿es solo amigo o algo más? —preguntó Evans a la chica con malicia.
—Solo amigo. Por ahora, al menos, no me gustarÃa casarme con él.
—Entonces, espera usted a otro.
—SÃ.
—A ver si cuando llega el gran dúo de amor le puede usted dar bien la respuesta, Dorina.
—¿Usted cree que yo no la daré bien?