Los caprichos de la suerte

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Pagani habló de las transformaciones que había sufrido el parque adonde se dirigían, y contó que él había vivido en una calle de Borrego. No sabía de dónde podría venir aquel nombre, porque había un callejón que se llamaba también así, y este se hallaba dedicado a un periodista español, Andrés Borrego, que en su juventud había vivido en Francia. Pagani aseguró que, en aquellos años, solía comer en un restaurante de un amigo suyo, andaluz, de la calle del Sol.

—Sí, es un restaurante tan malo —dijo Dorina, interviniendo en la charla— que muchas veces la carne tiene gusanos, como el queso de Roquefort.

Pagani se incomodó de que se le recordase aquello y replicó que no era verdad, que Dorina exageraba.

—Usted lo ha contado.

—Sí, es verdad, pero el que un día pudiera ocurrir eso, no quiere decir que ocurriera siempre. Una vez en cualquier parte puede suceder.

—Si sigue allí —dijo la chica—, el señor Pagani se muere.

Dorina se echó a reír y poco después preguntó a Evans, con repentina curiosidad:

—¿Quién era Simón Bolívar?

—Era un general americano que se sublevó contra los españoles —le contestó el diplomático—. ¿Por qué lo pregunta usted?

—Porque esta calle se llama así.


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