Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Muñoz habló mucho del lagarto verde del camino. Sin duda le preocupaba. Elorrio dijo que le iba a dedicar unas coplas y comenzó así:

Lagarto verde y feroz

que me miras con escama,

no pienses que mi programa

es comerte con arroz.

Llegaron a Tarancón, que parecía pueblo bastante grande y tenía algunas cuevas en sus alrededores.

Elorrio le dijo a su compañero Muñoz:

—Quizá sea usted pariente de Fernando Muñoz, un buen mozo que salió de este pueblo para conquistar la suerte con el prestigio de su figura. Fue primero amante de la reina María Cristina, cuando él era guardia de corps, y después marido de la misma, que le dio el título de Duque de Riánsares.

—No lo sé. No estoy enterado —contestó el cómico—. Pero creo que no, porque mi familia ha sido de labriegos pobres.

—Este Muñoz de Tarancón que subió tan alto tampoco había sido hombre rico. El padre, Juan Muñoz, y su madre, Eusebia Sánchez, vivían de un estanco en este pueblo. Como ve usted, no les pasaba lo que a los aristócratas de los folletines franceses, que tienen ascendientes que han estado en las cruzadas.

—¿Y llegaron a tener importancia?

—Se hicieron amigos de la familia real.


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