Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte EN CUENCA
ELORRIO Y MUÑOZ pensaron detenerse en Cuenca y orientarse un poco y ver qué pasaba por allá. Se acogieron en la carretera a una casa de una mujer sola que les aceptó para dormir por unos pocos reales.
Las hoces del pueblo fue lo que más sorprendió a Elorrio en la ciudad, sobre todo vistas a la luz de la luna.
Cuenca tenía desde lejos un aire guerrero, plantada en su cima. Se alzaba frente a la llanura cruzada por sus ríos con su prestancia de fortaleza, en otro tiempo inexpugnable. Los yermos pedregosos y abruptos que la cercaban mostraban un aire trágico y rudo.
Desde las alturas de su cerro dominaba una gran llanura. Por el fondo de sus barrancos pasaba agua del Júcar y del Huécar, más abundante el primero que el segundo. Las hoces formaban escapes y grietas que servían de foso al baluarte de la antigua ciudad.
Los altos de San Cristóbal, del Socorro y del Rey daban asiento al viejo caserío conquense con sus antiguas y apiñadas casas solariegas reunidas al amparo protector de la Torre de la Mangana.
Elorrio pensó en dedicar unos versos a Cuenca.
Cuenca tiene en lontananza
aire trágico y altivo,
parece un pueblo cautivo
que prepara una asechanza.
