Los caprichos de la suerte

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IV

EN CUENCA

ELORRIO Y MUÑOZ pensaron detenerse en Cuenca y orientarse un poco y ver qué pasaba por allá. Se acogieron en la carretera a una casa de una mujer sola que les aceptó para dormir por unos pocos reales.

Las hoces del pueblo fue lo que más sorprendió a Elorrio en la ciudad, sobre todo vistas a la luz de la luna.

Cuenca tenía desde lejos un aire guerrero, plantada en su cima. Se alzaba frente a la llanura cruzada por sus ríos con su prestancia de fortaleza, en otro tiempo inexpugnable. Los yermos pedregosos y abruptos que la cercaban mostraban un aire trágico y rudo.

Desde las alturas de su cerro dominaba una gran llanura. Por el fondo de sus barrancos pasaba agua del Júcar y del Huécar, más abundante el primero que el segundo. Las hoces formaban escapes y grietas que servían de foso al baluarte de la antigua ciudad.

Los altos de San Cristóbal, del Socorro y del Rey daban asiento al viejo caserío conquense con sus antiguas y apiñadas casas solariegas reunidas al amparo protector de la Torre de la Mangana.

Elorrio pensó en dedicar unos versos a Cuenca.

Cuenca tiene en lontananza

aire trágico y altivo,

parece un pueblo cautivo

que prepara una asechanza.


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