Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte no te supo poner nombre,
pues debía haberte puesto,
ay, Soleá, Soleá…
quien te puso petenera,
no te supo poner nombre.
Y después hizo un rasgueado violento.
—¡Muy bien, muy bien! —dijeron los milicianos—. ¡Otra cosa!
—¿Qué queréis que cante? ¿Un tango antiguo?
—Bueno, vaya un tango.
Muñoz tomó de nuevo la guitarra y cantó:
De las grandes locuras que el hombre hace,
no comete ninguna como casarse.
Por un rato de placer que una mujer suele dar
le tiene que mantener y sus caprichos pagar;
y por la mañana él va a la oficina,
y ella queda en casa con alguna vecina que es persona fina,
y el pobre marido a veces berrea como un carnero,
lleva la mano a la frente y le está chico el sombrero.
—Bueno, bueno. Ya sabemos que hay cornudos. ¡Hala —dijo el jefe en tono autoritario—, vámonos! Debíamos estar en la carretera.