Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Elorrio y Muñoz presentaron sus papeles. El jefe los miró deprisa. Ni el periodista ni el cómico quedaron muy convencidos de que fuera capaz de deletrearlos. Cuando se los devolvió, les preguntó el mozo dónde tenían su equipaje.
—Lo llevamos encima —contestó Muñoz, sonriendo tristemente.
—¡Bueno, bien se ve que nos sois unos capitalistas que huyen de la quema! El paseo desde Madrid no parece que os ha sentado muy bien. Pero, de todos modos, supongo que no os faltarán medios para pagarnos una ronda antes de emprender la marcha.
—Conformes —dijo Elorrio—, aún nos quedan algunas pesetas en el bolsillo, aunque no sean muchas.
—En ese caso —dijo el camarada jefe dirigiéndose al dueño del bar—, sirve la ronda, págala tú y vámonos.
Muñoz vio que en el bar había una guitarra colgando de un clavo y le dijo al dueño del establecimiento:
—¿Está afinada?
—Sí.
—¿Se puede tocar?
—Sí, ¿por qué no?
Muñoz tomó la guitarra y cantó con mucha afinación:
Quien te puso petenera,
quien te puso petenera,