Los caprichos de la suerte

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También murieron varios en el Pasaje de Ripalda, cerca del Hotel Inglés, hacia la Bajada de San Francisco.

Elorrio se decidió a salir poco a poco a la calle, a no hablar y a trabajar para el protector de Madrid.

Aunque no tenía ningún interés en averiguar lo que ocurría en Valencia, por las conversaciones del comedor se enteró de hechos pasados y recientes que él no quiso ni comentar ni aclarar.

Al parecer, las oficinas rojas de Valencia estaban centralizadas en un cuadrilátero formado por la calle de Sorni, la de Ciscar, la de Colón y la del grabador Esteve.

En medio de este cuadrilátero que formaba una plazuela, estaba instalada y funcionaba una checa.

Se afirmaba que el jefe de todas estas oficinas era un señor de origen alavés llamado Apellániz. De este hombre no había manera de tener una idea clara. Algunos lo pintaban como un tipo cruel y sádico; otros aseguraban que no, que era un hombre amable y fácil para dar la salida a cualquiera.

Se decía que en Valencia se habían cometido crímenes y canalladas. Se hablaba de que se había tenido a la gente, pero no se sabía cuáles, en la canal atada con un peso de ochenta o cien kilos sobre el cuerpo. Era difícil saber la verdad.


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