Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—Pues hijo, ¡qué le vas a hacer! Yo, cuando era soltera y más joven, no pensaba en el matrimonio más que como una cosa respetable y casi santa. Mi marido me resultó un chulo tonto, y no solo hemos reñido, sino que nos hemos pegado. Ya no creo en los hombres. No estoy dispuesta a ningún sacrificio. Viviré como pueda, a la diabla, como dicen aquí.

Juanito Elorrio quedó bastante desilusionado y se fue triste y alicaído a buscar un sitio donde descansar.

Elorrio tenía un amigo que estaba alojado en la Casa Española de la Ciudad Universitaria. Le pidió que le dejara descansar en su cuarto, de día, en el sofá. Dormía cinco o seis horas y después la noche se la pasaba en los bancos del bulevar y en las iglesias. Lo malo era que empezaba a llover y hacía frío. Elorrio recitaba con frecuencia:

Il pleure dans mon coeur

comme il pleut sur la ville.

Quelle este cette langueur

qui penétrè mon coeur?[2]


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