Los caprichos de la suerte

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—¿Así que la opinión que tuvo usted de los alemanes individualmente, no coincide con la que tuvo después de ellos en conjunto? —preguntó Elorrio.

—Es verdad, no coincide.

—Así que no tiene usted una opinión clara sobre ellos.

—¿Yo qué opinión voy a tener? Pienso que, sea porque Alemania es así, de una manera congénita, o porque ha evolucionado de un modo patológico hacia una especie de locura, hoy es un pueblo monstruoso, y que todos los países de Europa deberían reunirse para dominarlo, sujetarlo y ponerle una camisa de fuerza.

—¿Y con relación a Francia?

—Respecto a Francia, mi concepto sobre ella ha sido un poco a la inversa. La primera vez que vine a París, hace más de cuarenta años, conocí algunos franceses chauvinistas que despreciaban todo lo extranjero, algunos dreyfusistas exagerados y dogmáticos, y alguno que otro escritor decadente, que no pensaba más que en imitar a Baudelaire, a Mallarmé o a Oscar Wilde. Luego, en épocas sucesivas, he conocido a gente más sencilla, más amable y más cordial.

—Yo creo que para el extranjero Francia es muy dura —dijo Elorrio.


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