Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—Sí, París hace cuarenta años estaba muy bien —dijo el señor de edad—. Los cafés con tertulias de gente conocida, el bulevar animado, las terrazas de los cafés llenas. Era mucho más alegre que ahora. ¡Qué teatros! La Bartet, a la que vimos trabajar en On ne badine pas avec l’amour y en otras creaciones suyas. Le Bargy, con su elegancia y su aire impertinente. Lucien Guitry, la Réjane, Sarah Bernhardt e Yvette Guilbert, a la que vimos muy joven y luego hemos alcanzado a ver muy vieja. De ese alegre París, ya extinguido, recordamos, como un símbolo, aquella pareja de Colette y la Polaire, acompañando al fantasmón de Willy, con su sombrero de copa en un automóvil primitivo, grupo tan adecuado para hacer la delicia de los caricaturistas, Sem y tantos más. Entonces se cantaba «Le Père La Victoire» y «En revenant de la revue» imitando a Paulus, que era un chansonnier vasco que tuvo un momento de gran popularidad. Aunque sea triste decirlo —terminó el viejo—, la verdad es que ya los pueblos latinos no representamos nada. Francia quiere brillar sola, boicoteando a Italia, a España y a Portugal. No le cuesta mucho hacer que Italia, España y Portugal no se distingan, pero ella tampoco se luce. No tiene prestigios y, aunque quiere inventarlos y sostenerlos, no puede. París no tiene el gran atractivo del siglo XVIII y XIX, sin proponérselo o proponiéndose, va dejando de ser internacional.


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