Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Abel Escalante, después de vender las alhajas en muy buenas condiciones y de despedirse muy amablemente de la tendera, fue a unirse con sus amigos.
Abel había conseguido un éxito a fuerza de labia. Madame Berastegui no podría quejarse porque la cantidad que le iba a dar, producto de la venta de las alhajas, iba a ser crecida.