Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Una noche ella, cansada de verse vapuleada, furiosa y harta de su papel de víctima, se lanzó sobre él, le agarró del pelo, que tenía abundante y llevaba largo, y sujetándole por él con la mano izquierda, con la derecha le descargó cuatro o cinco puñetazos en la cara. En vista de que con aquello no había conseguido gran cosa, pues sin duda el marido era un peso fuerte y la mujer un peso pluma, cogió del tocador una botella de agua de colonia y con el frasco golpeó la frente del marido hasta que saltó la sangre. Entonces él sacó el pañuelo del bolsillo apaciblemente, se secó la sangre y se quedó tan tranquilo. Al ver esto, Gloria se echó a llorar. Sin embargo, obtuvo un éxito, porque desde ese día ya no la pegó ni se pegaron.
Pero al poco tiempo, como las costumbres del marido no se modificaban, acabaron por convenir en separarse, y así lo hicieron. Eso ocurrió a poco de salir de Madrid, favorecidos de la amistad que el marido tenía con un gerifalte de la situación socialista.
La tal Gloria resultaba de una inconsecuencia absoluta. Cierto día, hablando con Escalante sobre la manera cómo se las podría arreglar para defender su situación económica difícil, le había dicho:
—Me ofrecen quince mil francos por mi abrigo de astracán. Si me los diesen me arreglaría para mucho tiempo.
—¿Para cuánto? —preguntó él.