Los caprichos de la suerte

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—Tu marido es una mula, pero este Elorrio que ha estado contigo en Valencia es un marrajo.

—No, no es un marrajo. Es un hombre que vale, inteligente, trabajador y fiel.

—Sí, como un perro de aguas.

—Como tú y yo, somos como la mariposa de la patata.

Julia se echó a reír.

Gloria le había contado al dibujante que una chica rubia y atrevida del hotel había tenido algún tiempo un amigo, hombre viejo, el cual se arrodillaba ante ella, mientras ella le pegaba patadas y le insultaba. Al parecer, aquellos insultos y aquellas patadas eran lo que más satisfecho dejaba al pobre hombre.

Gloria le decía al dibujante que a su lado se sentía mejor, porque encontraba que se parecía a su hermano, al que ella había querido mucho.

Escalante había presentado a Gloria a un amigo americano al cual, dos días después, dijo que el dibujante no era español del todo, sino medio judío.

—A mí eso no me importa gran cosa —dijo Gloria.

—A mí tampoco —repuso el americano—, pero conviene saberlo. Tiene un primer apellido alemán y después el de Escalante, que es el de la madre.

—Bueno. ¿Qué importa? Es hombre simpático.

—Sí, es verdad.


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