Los caprichos de la suerte

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—¿Debo algo, señora? —preguntó el escultor exagerando la politesse[8], mientras volvía a depositar la jarra sobre el banco de donde la había tomado.

—Las gracias, si quiere usted darlas —respondió la mujer sonriendo.

—Está bien, señora. Pues si es así, ¡muchas gracias!

Al volver donde estaban sus amigos junto al coche, el escultor les dijo:

—¿Iban ustedes a algún sitio?

—No, a ninguno determinado. Simplemente a dar un paseo. Es ya tarde —contestó Abel.

—Pues entontes, suban al coche y daremos una vuelta, que así el paseo resultará más cómodo. Luego les llevaré al hotel.

Ocuparon los invitados el asiento de atrás y el coche se puso en movimiento. Recorrieron varias calles y avenidas a una marcha media, sin prisa ninguna. Como era domingo, se veía mucha menos gente que de ordinario en las calles. Los parisienses estarían en la cama o habrían salido a pasear por los alrededores.

—Oigan ustedes —dijo el escultor—. ¿Quieren ustedes que el domingo que viene les vaya a buscarles en auto y veamos bien lo que hay en esta feria?

—Bueno.

—¿A qué hora voy?


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