Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —¿Para beber? En cualquier taberna o cafeterÃa.
—No, no es para beber. Es para el coche, que se está quedando seco.
—Entonces, seguramente en algún garaje —indicó el dibujante.
—Vamos a ver si damos con él —dijo el del coche, poniendo de nuevo el motor en marcha.
Se habÃan acercado Elorrio y el dibujante al coche, y el dibujante Abel lo presentó a su compañero. Entonces el uno por la calle y los otros por la acera, siguieron marchando. No tardaron mucho en alcanzar una tienda donde vendÃan gasolina. Junto a la puerta de aquella, sobre un banco, se veÃa una jarra de zinc.
El escultor detuvo el coche, salió fuera, tomó la jarra que estaba llena y destornillando la tapa del radiador comenzó a echar agua. El dibujante Abel se acercó al auto y estuvo viendo cómo el lÃquido desaparecÃa por el agujero, hasta que pronto el agua se derramó por fuera indicando que el depósito se habÃa llenado.
Cuando el dueño del coche volvió a dejar la jarra, en la puerta de la tienda habÃa aparecido una mujer seguida de un gato negro tranquilo, que se habÃa acurrucado a los pies de su dueña para mirar a la calle con sus grandes ojos.