Los pilotos de altura

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VII

LAS CHIFLADURAS DE OYARBIDE

DESDE ENTONCES OYARBIDE MANIFESTÓ mucha desconfianza con Chimista; las palabras de este, las observaciones a veces más inocentes, le alarmaban.

—Este Chimista me mira a veces de una manera que me choca —decía el viejo.

Yo no sabía qué pensar; Chimista callaba y Oyarbide se iba mostrando como un hombre de genio variable y raro, como un verdadero lunático, sus extrañas manías aumentaban. Cuando los pasajeros quisieron celebrar la desaparición del barco pirata, se empeñó en que no se sacaran unos tarros de dulce que pedía la gente, porque eran caros.

—Zahietan zur eta irinetan ero («Avaro en el salvado, y pródigo en la harina») —dijo Chimista.

Con el pasaje, de gente rica, alguien podía después quejarse, y no se atrevía; pero con los pilotos y marineros tenía unos detalles de avaricia absurda.

Se empeñaba muchas veces en que no se almorzara y se comiera en la cámara, sino sobre cubierta, y, a lo mejor, mandaba levantar la mesa y ponerla sobre un gallinero.

—Aquí estamos mejor, así no se estropean los muebles y se rompen los platos.

Naturalmente, por eso no comía menos la gente.

—No queréis más que comer —nos decía entonces, despechado—, sois como los cerdos.


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