Los pilotos de altura
Los pilotos de altura LAS CHIFLADURAS DE OYARBIDE
DESDE ENTONCES OYARBIDE MANIFESTÓ mucha desconfianza con Chimista; las palabras de este, las observaciones a veces más inocentes, le alarmaban.
—Este Chimista me mira a veces de una manera que me choca —decÃa el viejo.
Yo no sabÃa qué pensar; Chimista callaba y Oyarbide se iba mostrando como un hombre de genio variable y raro, como un verdadero lunático, sus extrañas manÃas aumentaban. Cuando los pasajeros quisieron celebrar la desaparición del barco pirata, se empeñó en que no se sacaran unos tarros de dulce que pedÃa la gente, porque eran caros.
—Zahietan zur eta irinetan ero («Avaro en el salvado, y pródigo en la harina») —dijo Chimista.
Con el pasaje, de gente rica, alguien podÃa después quejarse, y no se atrevÃa; pero con los pilotos y marineros tenÃa unos detalles de avaricia absurda.
Se empeñaba muchas veces en que no se almorzara y se comiera en la cámara, sino sobre cubierta, y, a lo mejor, mandaba levantar la mesa y ponerla sobre un gallinero.
—Aquà estamos mejor, asà no se estropean los muebles y se rompen los platos.
Naturalmente, por eso no comÃa menos la gente.
—No queréis más que comer —nos decÃa entonces, despechado—, sois como los cerdos.