Los pilotos de altura

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Muchas otras citas raras sacó a relucir. Nos dijo que Papiniense aconsejaba prever los cólicos tomando caldo de cachorro recién nacido; para curar las fiebres agudas, lo mejor era cortar un pedazo de puerta por cuyo umbral hubiese pasado un maniático y decir sobre la madera un conjuro mágico, y para preservarse de todas las enfermedades, convenía comer tres violetas silvestres. De Marcelo Empírico, del siglo IV, autor de un libro, De medicamentis empinas prysicis at rationalibus, dijo que recomendaba escupir tres veces para quitar los cuerpos extraños de los ojos, tocar tres veces el párpado con el dedo índice, para curar los orzuelos, y para los panadizos, hacer lo mismo, y decir: «Pu… Pu… Pu…, deum quian ego te deum».

Según Eliano, el remedio mejor para un león enfermo era comerse un mono; también nos dijo Chimista que las ratas y las hormigas adivinaban el porvenir, y que él lo había comprobado algunas veces.

—¿Y para qué has aprendido todas esas extravagancias? —le pregunté yo.

—Todas estas extravagancias me han servido para ejercer la medicina ahí, en el Congo, y me han dado grandes éxitos. ¿Cómo quieres que un pueblo salvaje vaya a creer que un polvillo de una sustancia química le va a curar? Necesita medicinas dramáticas, y esas son las que yo he empleado.


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