Los pilotos de altura

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LLEGAMOS

DESPUÉS DE MUCHAS VUELTAS que dimos en el barco, dirigidos por Chimista, se llegó a la barra de Río San Juan a todo trapo, nos acercamos al muelle y se desembarcó la expedición sin que muriera un solo negro. Cuando Chimista me explicó el viaje, me dijo:

Nagia bada astoa,

emaiok astazagari eroa.

(«A burro pesado, dale arriero loco»).

Aquel viaje feliz me pareció una prueba palmaria de mi mala suerte y de la buena estrella de Chimista[224]. Esto me produjo una gran preocupación, porque lo que más he estimado en la vida ha sido la buena suerte. Un momento de buena suerte creo que me hubiera reconciliado con la vida; pero ese momento no llegó nunca para mí.

Desde Río San Juan, el contramaestre, Chimista y yo nos embarcamos en un buque de cabotaje para Río de Janeiro. El armador me pagó mi comisión y me compró por treinta onzas de oro [a] la negra Katucha. Ocho mil quinientos duros cogí de golpe.

El armador me hizo en seguida la propuesta de darme el mando del bergantín Espadarte para que fuese del Congo al cabo de Buena Esperanza, al puerto de Quilimán, a llevar negros. Yo le contesté que me hallaba cansado de estos viajes y que me iba a establecer en La Habana.


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