Los pilotos de altura

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La casa, una casa gris, negruzca, de dos pisos, con entramado de madera y ventanas con persianas verdes, daba por su fachada a un callejón enrevesado, en cuesta y en zigzag, de los muchos de aquella villa pescadora. El portal era lóbrego y húmedo. A un lado se abría una tienda, de esas tiendas de pueblo medio bazares por la universalidad de su género, en las que se vende de todo: clavos, pelotas, chorizos y sardinas en banasta; al otro lado de la puerta de entrada se veían varias barricas y bancos de una sidrería negra y sin luz.

En los muros de la escalera parecía haberse reconcentrado y detenido un olor antiguo a humedad, a sardinas fritas y a sidra. La escalera, con una bola vede de cristal al comienzo, tenía unos escalones torcidos, desgastados, y un pasamanos resbaladizo.

En el segundo piso había vivido don Domingo Cincúnegui, nuestro historiador, y seguía viviendo su hermana. La puerta era pequeña, con una aldabilla en medio, y encima una estampa de la Virgen de Icíar y un letrero donde se indicaban los días de indulgencia conseguidos si se decía «Ave María Purísima» y se recitaba una oración.

Llamamos y nos abrieron.


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