El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Pues bien, lo extraordinario es que el campesino no surte el máximo rendimiento de sus energías si no es en tan infames condiciones. Se diría que sólo así vive a gusto. Jamás leemos en los diarios uno de esos buenos homicidios que refrescan el alma; uno de esos casos en que la víctima se vuelve verdugo y el verdugo víctima. Se matan, cuando han bebido, pero entre iguales. Borrachos y todo, no se les borra el tradicional respeto al padre jesuita, luego al delegado del dictador, luego al sargento del mariscal, ahora al patrón y al jefe político, siempre al tirano o tiranuelo, grotesco señor feudal en cuyo blasón no hay más armas que el látigo. Taciturnos y dóciles, sus grandes protestas se reducen a huir. De cuando en cuando parecidos a esas bestias domesticadas que la tortura devuelve al estado salvaje, se fugan al hospitalario monte o emigran al Mato[26] donde no hay felizmente otras fieras que el tigre.








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