El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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¡Que somos desgraciados! No por culpa de la naturaleza, más y más sometida cada día a nuestra voluntad y a nuestro genio, sino por culpa de nosotros mismos. Esta sed de cambios profundos es sed de perfección. Un vago remordimiento nos entristece. Nos sentimos inferiores a nuestros ideales. Arrastramos, encerrada en el fondo de nuestro ser, la radiante realidad de mañana y embriagados de ella nos humilla y nos mancha y nos exaspera la realidad de hoy. Somos desgraciados porque vamos a dejar de serlo. Sufrimos porque vamos a curarnos. Nuestro dolor es el de los nervios sanos y fuertes; es el dolor de la vida en marcha. Desgraciados, sí, todos desgraciados, por suerte nuestra. Desgraciados los que trabajan, y mucho más desgraciados los que no trabajan. Desgraciados los que sueñan la belleza intangible y mucho más desgraciados los que no sueñan. ¿Pobres y ricos? No: ¡todos pobres! La riqueza, la verdadera riqueza está haciéndose; los verdaderos tesoros están desenterrándose. Y nosotros, los inclinados sobre el surco, los que tenemos las manos llenas de tierra, somos los primeros que tocaremos el oro nuevo, el oro inagotable y justo. ¡Ah!, ¡lo haremos brillar al sol! Pero no para que nos lo arrebaten garras indignas. Eso no: eso habrá terminado. Todos tendremos nuestra parte de paz y de alegría; todos seremos en el paraíso.



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