El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Luchad, pero que no os impulse la codicia. Todos nos damos cuenta que una sociedad en que por cada miembro con la existencia asegurada hay miles y miles condenados a la enfermedad, a la degeneración, a la angustia y a la muerte prematura, y donde son precisamente estos centenares de millones de siervos macilentos los que trabajan y producen, todos comprendemos que esta sociedad está absurdamente constituida y que si no se regenera de abajo arriba, la alcanzará sin remedio la bancarrota y el desastre. Pero la raíz de todo no es otra que la crueldad y la codicia. La codicia y la crueldad han hecho que en todos los siglos una exigua minoría invente y usurpe el poder, sacrificando a la mayoría indefensa y que la historia sea una repugnante serie de crímenes. La codicia y la crueldad hacen que cada adelanto de la industria, lejos de favorecer a las clases desvalidas, aumente su tormento. Si sois también codiciosos y crueles, no traeréis nada nuevo al mundo. Si queréis hacer desaparecer el oro, no imitéis a los ricos; no ambicionéis ser rico. No améis el oro. Amar el oro es odiar a los hombres y no es el odio lo que ha de inspiraros, no es el odio el fecundo, el que engendrará las generaciones nuevas, sino la compasión y la justicia.