El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Me contestaréis que es difÃcil ser paciente cuando aquà mismo, en un paÃs casi virgen y de benignos rasgos como el Paraguay, se os hace a veces la vida insoportable. Fuera de la capital, donde ahora no obstante, la crisis sume en la miseria a los trabajadores mientras los que no trabajan gastan tranquilamente sus economÃas, se le explota al obrero sin piedad. Los obrajes son dignos de negreros, y los yerbales son la vergüenza del Paraguay y una de las mayores vergüenzas de América. Sin duda cuando recordáis que un millón de compañeros vuestros, padres de familia, vagan sin trabajo en Inglaterra, y que de los Estados Unidos decenas de miles de inmigrantes, desalojados por las máquinas, regresan al báratro europeo; cuando recordáis que vuestros niños nacen sentenciados y que su débil aliento está colgado del vuestro, mientras que un paso más allá nacen niños con un capital a su nombre en el banco, la ira os ciega. Ira justa, porque si es terrible que haya hombres ricos y hombres pobres, que haya niños ricos y niños pobres es infame. Pero sed héroes en la emancipación, ya que lo fuisteis en la esclavitud. Grande es amar a nuestros hijos, pero es más grande amar a los hijos de nuestros hijos, a los que no conocemos, a los del radiante mañana. Elevad hasta el firmamento nuestros ideales. No combatamos por codicia, ni por venganza, sino por la fe irresistible en una humanidad más útil y más bella. No desalentéis; empleemos noblemente nuestras vidas pasajeras. Si es cierto que no veremos los más hermosos frutos de nuestra obra, ya florecen bajo nuestros ojos flores de promesa. Los más ilustres pensadores del globo, desde Tolstoi a France, están de vuestro lado. A pesar de las bayonetas, habéis arrebatado ya muchas posiciones al enemigo; posiciones materiales en la contratación del trabajo, y posiciones morales. Se siente universal inquietud. Los menos perspicaces aguardan graves sucesos. Se teme, se espera. Algo salvador desciende por segunda vez a este valle de llanto. Y entre las próximas recompensas de vuestro disciplinado esfuerzo, contad con la paz internacional. No son los cuatro burócratas miopes que sesionan en La Haya los que fundarán la paz, sino la huelga. Los soldados os seguirán y se declararán en huelga. Vosotros les libertaréis del peso de sus armas y trocaréis sus herramientas de matanza por las herramientas de unión y de trabajo.